Trama & Texturas #14: Juan Miguel Salvador
Nuevas librerías para nuevos escenarios
Juan Miguel Salvador
Librería Diógenes
“Estamos viviendo en vísperas de enormes cambios. Lo que llamamos crisis es otra cosa: la constatación de que el modelo económico ya no es sostenible más tiempo. El futuro difícilmente irá en la dirección de más: más velocidad, más producción, más consumo. La razón última de todo esto está en la base material de la economía. En estos próximos años nos vamos a enfrentar a unos límites físicos que modificarán profundamente nuestro mundo y nuestra forma de vida, obligándonos a cambios considerables. Y pese al tecno-optimismo imperante, que cree ciegamente que todos los problemas se solucionan con más tecnología, ésta no es ajena a los límites ni a las leyes físicas que rigen en nuestro planeta. Desconocemos el ritmo exacto al que se irán produciendo los cambios, pero sabemos que son inexorables a medio plazo, como muy tarde” dice Juan Miguel.
Juan Miguel traza lo que según su punto de vista serán las características principales que van a configurar el futuro a medio y largo plazo de las librerías.
Estamos de acuerdo que resulta más interesante trabajar sobre ideas en el futuro dibujando escenarios previsibles hoy, que ceñirse a remezclar rumores y humores. Y él lo hace abriendo mucho el campo de visión: introduciendo factores relacionados con el declive energético, el decrecimiento económico, la simplificación de la sociedad, el impacto ecológico y aspectos claves en esta discusión como son la durabilidad, conservación y capacidad de transmisión de los viejos y nuevos soportes.
Está claro que sentarse a dibujar un escenario plausible de futuro sin tener en cuenta el declive energético es una bobada. Damos por válidos los datos y las informaciones que aporta, y compartimos su preocupación sobre el impacto que tendrá en el conjunto de la humanidad. En consecuencia, compartimos también su idea de que nos tocará vivir un fuerte decrecimiento económico y que seguramente seremos testigos de su colapso.
Estamos de acuerdo en que esto ha de influir enormemente en cualquier idea de futuro que nos pongamos a considerar: el declive energético afectará y mucho al consumo, y aumentará el intercambio no monetario, entre otras cosas. Por tanto, damos por bueno el escenario que dibuja, caracterizado por la pérdida de las señales de identidad a las que estamos acostumbrados.
¿Habrá un retorno al medio rural, se simplificará la sociedad? Seguramente sí, aunque no para todos. Es cierto, deberíamos contar con ello: resulta previsible que a mayor complejidad tecnológica en una actividad o producto, menos probable es que perdure en entornos como los que Juan Miguel apunta. Pasaremos a un mundo más sobrio y la clave, pues, estará en cómo nos adaptemos a esos cambios.
Seguimos coincidiendo con Juan Miguel de que estos cambios ya están teniendo lugar, visibilidad mediática al margen, y que puestos a dibujar un escenario para los próximos veinte años, hay que asumir que será bien distinto al que conocemos. Tras esta larga introducción, Juan Miguel llega al sector del libro, que como sabemos, lleva años debatiéndose en su propio proceso de definición, “con dos modelos empezando a convivir: el del papel y el digital”. Todo lo que sigue a continuación es una reflexión sobre cuál de los dos se adaptará mejor. Es en este nudo donde encontramos algunos puntos en los que estamos en desacuerdo.
Porque la premisa de salida para nosotros no está bien planteada si se considera todo el problema desde el paradigma libro: el libro como eje del negocio editorial (sea en papel o electrónico). Precisamente por todo lo anterior, emerge un nuevo paradigma digital mucho más adaptable a esos cambios y desafíos antes apuntados.
Juan Miguel teje acertadamente la idea de que la obsolescencia de los nuevos soportes de lectura no juegan a favor del libro electrónico. Y a tenor de lo comentado antes, no podemos no estar de acuerdo (al margen que el mercado resuelva con nuevas tecnologías y nuevos dispositivos este problema: como ha sucedido con los teléfonos móviles). Desde nuestro punto de vista, para el nuevo paradigma digital es solo una porción (comercial) de una esfera de oportunidades más grande… facilitando, como comenta Juan Miguel, más posibilidades para con los modelos de pago por acceso que para con la propiedad individual de los contenidos.
Estamos de acuerdo en los argumentos tecnológicos que sigue presentando el libro en papel: por eso es que pensamos asegurada su continuidad: no por aspectos melancólicos o estéticos, sino porque sigue siendo, quizá, la mejor forma de conservar o acceder al conocimiento libresco (los formatos digitales presentan importantes carencias en este sentido).
Cuando Juan Miguel se detiene en remarcar algunos aspectos críticos relacionados con la producción de libros en papel: procesos de producción con alto impacto ecológico, grandes gastos intensivos en energía y recursos naturales… Nos parece que se queda corto. Ni los usuarios ni los agentes del sector van a poder evitar que estos procesos se colapsen. Nos encontraremos, al final, con la tremenda paradoja de que el gran potencial conservador del papel será carísimo. Etiquetas verdes y propuestas de no trabajo con bosques primarios al margen.
Así como hemos tenido la posibilidad de superar escalonádamente la enorme dependencia del petróleo, también la hemos tenido en este sentido: y en ambos casos la hemos desaprovechado. Por lo tanto argumentos tecnológicos del libro en papel sí, pero sin perder de vista que eso será cada vez más caro y cada vez más escaso: se acabará, a la misma velocidad que los dispositivos digitales portables entren en barrena, el papel barato a mansalva.
Todo el tema de la distribución ya no evolucionará escalonadamente: en el momento en que toda la economía petróleo dependiente se caiga, caerá este rubro también. Juan Miguel es demasiado optimista al considerar la posibilidad de enderezar esta cuestión.
Sobre la poca fiabilidad de los sistemas digitales a la hora de almacenar información, conviene salirse también del discurso mainstream. Porque al igual que hay soportes de papel barato impresos con tintas baratas y encuadernados de forma barata que, decididamente ofrecen poca fiabilidad como instrumentos de conservación, una cosa es la tecnología de almacenamiento plug & play de andar por casa que cualquiera puede comprar en Fnac y, otra bien distinta, la cara, complicada y muy sofisticada tecnología de almacenamiento digital con la que trabajan por ejemplo Amazon o Google.
Cualquier tipo de almacenaminto a nivel de usuario será cada vez más caro. La tendencia de trabajar en la nube ganará cada día más adeptos. Se acabó eso de tener toda la información crítica de una empresa en DVD’s, en el disco duro de un PC de hace 10 años o en unidades Lacie en la estantería de casa. El sector, que en muchos casos considera como base de datos las carpetas del gestor de correo electrónico o que la la cloud computing empieza y termina con los Google Docs, ha de abordar, ahí sí a la mayor brevedad, cómo y con qué tecnología van a almacenarse los objetos digitales de ahora en más. El problema al que se enfrentan instituciones como la Biblioteca Nacional en España o la Biblioteca Luís Ángel Arango en Colombia, no es tanto el cómo sino el qué: qué objetos digitales merecen ser conservados y cuales no. Es un desafío más editorial que tecnológico.
Margarita Garrido, de la BLAA, nos comentó en una entrevista que le realizamos en FIL Guadalajara 2009 junto a Martín Gómez y Margarita Valencia…
A continuación, Juan Miguel se desplaza a la economía del libro y cómo se va a ver afectada por la paulatina e irreversible pérdida de poder adquisitivo de la población: se frenará el hiperconsumismo, la variable precio será cada vez más crítica y, factores como la durabilidad del producto o del acceso a servicios, serán una claves de ahora en adelante.
El precio de los contenidos digitales tiende a cero en una economía de oferta superabundante, pero si tenemos en cuenta lo que se ha venido planteando en este artículo, hay que contar con que esa superabundancia primero será abundancia, luego infra-abundancia… y cuando nos demos cuenta, escacez. No hay que contar con que el precio de los contenidos digitales siga tendiendo a cero durante los próximos veinte años. Instrumentos de aceso gratuito y masivo hoy como puedan ser las redes sociales transformarán su modelo de negocio, el sector editorial también (lo de las descargas ilegales tiene los días contados a medida que evolucionen las herramientas que hoy se considera vulneran la libertad en la red de redes: por ello que hay que apostar por las descargas controladas).
Sería hora que el sector dejara de considerar que la gratuidad será eterna… precisamente por lo expresado en toda la primera parte del artículo: hay que entender que hay muchas cosas que han venido siendo gratuitas porque otros han pagado por ello. Hemos sido testigos y protagonistas de un market test a escala planetaria… ¿Cómo si no van a cobrarnos por algo que no usamos y que no tenemos ni idea de lo guai que resulta? Pero todo eso cambiará. Cuando la TVE quiebre como servicio público, que quebrará, habrá quien esté dispuesto a seguir pagando Canal Plus o Gol TV, y quien deje de mirar la televisión. Javier Celaya, a quien todos conocemos bien, se ha expresado en esta dirección en multitud de ocasiones: la gratuidad de la que disfrutamos está directamente relacionada con toda esa industria del “low-cost” promovida por las energías baratas. Y sí, ya no podremos ir a Roma o a Budapest por € 15.- ni comprar una experiencia por € 20.-
Es un dislate seguir considerando la cadena de valor del mundo del libro y sus puntos de amortización como si siguiéramos en 1970. Son las nuevas redes globales (editoriales en este caso) las que darán con nuevas soluciones y nuevos modelos productivos y esto estará más que nunca en estrecha correlación con los intereses y necesidades de los lectores. Si las editoriales no les venden los libros a pedazos, por ejemplo comentado en el artículo de Paulo Cosín Fernández, seguirán fotocopiando aquellos fragmentos que sean críticos para su sistema educacional.
Juan Miguel acierta de pleno cuando comenta que difícilmente sobrevivan todas las editoriales, todas las librerías, etodos los traductores, todos los diseñadores, etc. En los nuevos escenarios, solo sobrevivirán aquellos que realmente hayan definido su valor y este sea validado por el mercado. Asistiremos a una lucha por la supervivencia como jamás se ha visto (empezando por los propios lectores humanos: leer, disponer del tiempo y del espacio para una lectura de calidad será cada vez más un lujo fruto de grandes renuncias).
Vamos a jugar con Juan Miguel y sus préstamos de Paco Puche (la librería solar).
1) ¿Función informadora? Sí, la disposición de bases de datos o su acceso on-line serán una clave importante, pero se integrarán otras resultado de todo lo comentado anteriormente: quizá el correo postal, quizá el teléfono o el télex. El librero mejor informado sobrevivirá porque su cliente será un humano superinformado.
2) ¿Función recomendadora? Sobrevivirá el librero más empático.
3) ¿Función de encuentro? Las librerías serán postas intelectuales obligatorias para locales y viajeros. El librero hopitalario, sobrevivirá.
4) ¿Función cultural? Sobrevivirá mejor el que manifieste una postura activa en la difusión de la cultura y el pensamiento, y el que entienda que los libros ya no son la única correa de transmisión intelectual: los libreros encerrados en el libro en papel.
5) ¿Función civilizadora? Más que fomentar valores, deberá integrarlos e integrarse. No queremos librerías que prefabriquen efectos morales (como las evangélicas). Eso terminará sembrando serias dudas sobre el punto anterior. Queremos maestros libreros, libertarios, tolerantes, que nos ayuden a pensar sobre nuestros valores.
6) ¿Función de resistencia? Los huecos están ahí y hay que ocuparlos: función de presencia. Existir ya será una resistencia. Pero plantear los proyectos en clave “resistencia” los amuralla y los sobreprotege.
7) ¿Función endógena? ¿Incardinación en su medio social? La librería del mañana será un medio social “incardinable” para según qué lectores por su ubicuidad.
8) ¿Función de etnodiversidad? ¡No! Precisamente los 7 puntos anteriores implican este punto… esta función aunque planteada en positivo, es tóxica y lleva la semilla de lo contrario en su afirmación: ya nos ocuparemos los lectores de la etnodiversidad. Hay que trabajar en clave “humanidad” que ya de por sí es etnodiversa.
9) ¿Función de servicio polivalente? Sí.
10) ¿Función corporal? Los nueve puntos anteriores anulan este. Si se dan los anteriores en este no habría que insistir. Yo quiero abrazarme con un librero que me aprecie, no con uno que lo haga funcionalmente.
11) ¿Función laboral? Eso dependerá de cada uno. Sólo los libreros que se hayan construido para sí óptimas condiciones laborales sobreivirán. Porque como función en sí, dará pábulo a que más de uno empiece la lista por este punto… Y el sindicalismo no se llevará mucho en el futuro.
Para cerrar, hacemos nuestra la frase de Juan Miguel pero con cambios… Sí, la función de una librería (y de los libreros) será la de poner en comunicación “objetos intelectuales” con lectores; libros también… pero no sólo. Las seguiremos llamando librerías porque somos todos unos románticos empedernidos: pero habrá algunas que además vendan palas, leche, productos de primera necesidad, neumáticos y nadie debería rasgarse las vestiduras por ello.
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